Empezamos el siglo convencidos de que internet repartiría el poder. Un cuarto de siglo después conviene preguntarse si eso ocurrió o si el poder, simplemente, cambió de manos.
Producto de una charla que tuve que dar hace unos días, hice una retrospectiva del desarrollo digital y su impacto en nuestras democracias, debo decir que no soy ni con mucho un experto en ciencias políticas (que me perdonen por adelantado mis amigos cientistas políticos si hay alguna aberración). A comienzos de los 2000 nos contamos una promesa y que hoy 25 años después pareciera de otra época: la red iba a descentralizar el poder, dar voz a quien no la tenía y desarmar a los intermediarios que filtraban lo que podíamos saber. Era una promesa seductora, y durante un tiempo pareció cumplirse. Pero si miramos lo que ha ocurrido: el poder no se repartió, se reconcentró. Lo que cambió no fue la cantidad de poder en circulación, sino quién lo ejerce y con qué herramientas.
Para verlo con claridad ayuda recorrer estos 25 años como un péndulo, en cuatro etapas.
2001–2008: ciberoptimismo y Estado vigilante
El siglo digital no arrancó con la utopía, sino con el miedo. Tras el 11 de septiembre y el ataque a las torres gemelas en Estados Unidos, la ley Patriot Act inauguró una era en que la seguridad legitimó la vigilancia masiva, y el Estado adquirió una capacidad de monitoreo sobre sus ciudadanos que ningún régimen anterior había tenido. En paralelo, y casi sin que lo notáramos, nacían las plataformas que definirían el resto del período: Facebook en 2004, Twitter y WikiLeaks en 2006. Con ellas se inauguró la economía de la atención, donde el dato personal pasó a ser materia prima, y se abrieron canales de difusión y filtración que esquivaban tanto a los medios tradicionales como a los gobiernos.
2009–2013: movilización y desencanto
Esta fue la etapa del entusiasmo. La revolución verde iraní de 2009 y, sobre todo, la Primavera Árabe de 2010–2011 instalaron la idea de la red como tecnología de liberación: las plataformas eran infraestructura de protesta, y filtraciones como el Cablegate de WikiLeaks desafiaban de frente el secreto de Estado. Por un momento, el relato descentralizador parecía confirmado.
El desencanto llegó en 2013, con las revelaciones de Edward Snowden. Lo que destaparon no fue un abuso puntual, sino una arquitectura: la vigilancia masiva era global y sistemática. Ahí el péndulo cambió de signo. Descubrimos que la misma red que nos permitía organizarnos era también la que nos vigilaba. El optimismo se volvió sospecha.
2016–2020: posverdad y captura algorítmica
Si la etapa anterior reveló que la red vigilaba, esta reveló que también manipulaba. El Brexit y la elección de Trump en 2016 mostraron la microsegmentación y la desinformación operando a escala industrial, e instalaron en el debate público la palabra «posverdad». El escándalo de Cambridge Analytica en 2018 puso nombre y método al uso de datos personales para influir en votantes; ese mismo año, Europa respondió con la regulación al uso de datos personales (RGPD), su primer gran intento de devolverle al ciudadano algún control sobre sus datos. La pandemia de 2020 aceleró todo: un salto digital forzado y, con él, la tensión —que sigue abierta— entre vigilancia sanitaria y libertades individuales, más una «infodemia» que mostró lo frágil que es nuestro ecosistema informativo.
2021–2026: poder algorítmico, IA y soberanía digital
Cerrando el círculo. El asalto al Capitolio en 2021 dejó a la vista algo que veníamos intuyendo: las plataformas podían dar de baja a un presidente en ejercicio. El poder privado sobre el debate público dejó de ser una abstracción. En 2022, mientras Europa regulaba a las plataformas con la DSA y la DMA, la irrupción de ChatGPT masificó la IA generativa y volvió a redibujar el tablero. El «superaño electoral» de 2024 —más de setenta países a las urnas, entre deepfakes y campañas asistidas por IA— puso a prueba ese ecosistema, y la UE aprobó su Ley de IA. Y ya en 2025–2026, con los agentes de IA, el poder se concentra de forma todavía más nítida en quienes controlan los datos, el cómputo y los modelos, mientras los Estados descubren que su autonomía tecnológica es un bien que hay que disputar.
El hilo conductor
Visto así hay un patrón, difícil de ignorar. Cada vez que celebramos que la tecnología democratizaba algo, el ciclo siguiente nos mostró el reverso: la red que organiza también vigila, la plataforma que da voz también manipula, el modelo que asiste también concentra. No es que la tecnología sea mala; es que el poder que habilita rara vez se queda donde la narrativa optimista prometía. De los Estados y los medios pasó a un puñado de plataformas, y de ahí a quienes hoy controlan la infraestructura de la IA.
Creo que la pregunta correcta ya no es la que nos hacíamos en 2001. No se trata de si la tecnología democratiza, la respuesta, claramente, es «depende», sino de algo más político y más urgente:
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